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Supermujer, cualquier mujer. Rompiendo el techo de cristal en Alemania desde arriba

Abrumada de trabajo, Britt Eckelmann tuvo poco tiempo para celebrar su cumpleaños número 33 hace 11 años. Existen un montón de mujeres arquitectas en Alemania, pero las mujeres arquitectas que poseen sus propias empresas de diseño son casi tan raras como los unicornios. Así, después de ganar su maestría en arquitectura, Eckelmann decidió ser su propia jefa, lo que significaba poner tantas horas que a veces perdía la noción de qué día era.

La canciller Merkel ha resultado ser un modelo muy importante para las mujeres
J. Leinitz & J. Jeter
2017-10-24

Cuando finalmente pudo revisar las tarjetas de cumpleaños con buenos deseos de sus simpatizantes, una en particular le llamó la atención. La tarjeta impresa en sí no era notable, simplemente le deseaba mucho éxito en el futuro; pero en la parte inferior de la tarjeta había una firma que sacudió a Eckelmann como un trueno: la de Angela Merkel, quien había sido elegida para su primer mandato como canciller de Alemania apenas un año antes.

“Me emocioné”, dijo Eckelmann apenas semanas después de que los votantes devolvieran a Merkel al puesto más alto del país para su cuarto mandato, convirtiéndola en la líder con mayor tiempo de servicio en la Alemania reunificada. “No sigo la política muy de cerca, y, para ser sincera, no estaba tan entusiasmada inicialmente acerca de las perspectivas de una mujer canciller; pensé que sería una política más. Pero la canciller Merkel realmente ha resultado ser un modelo muy importante para las mujeres alemanas y francamente para las mujeres de toda Europa”.

Las mujeres en Alemania, como en otras partes, son a menudo sus peores críticos. No es así con Merkel, cuyo éxito en las urnas está impulsado por su popularidad entre las mujeres, de manera amplia y profunda, lo que haría que otras mujeres políticas de alto perfil como una Hillary Clinton o la francesa Marine Le Pen se pongan verdes de envidia.

Se trata de una impresionante proeza, quizá sin precedentes en el mundo moderno. Hija de un pastor luterano de Hamburgo, en el lado equivocado del Muro de Berlín y educada como una química cuántica, Merkel ha subido en las filas de su inmutable partido político, dominado por hombres de centro-derecha, los Cristianos Demócratas, para convertirse, sin duda, en la mujer más poderosa del mundo, manteniendo al mismo tiempo esta aura de autenticidad femenina.

En sus 12 años de mandato, ha mirado de arriba abajo al presidente ruso Vladimir Putin, al presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan y a tres presidentes estadounidenses, ha promovido una polarizada política abierta de inmigración, ha manejado la economía más grande de Europa y, sin embargo, encuentra tiempo para enviar mensajes de texto, correos electrónicos y tarjetas de cumpleaños animando a las mujeres como Eckelmann a seguir adelante hasta que finalmente sea destrozado el techo de cristal del liderazgo masculino en Alemania en mil fragmentos irreparables.

Ella es, de hecho, tanto una supermujer como cualquier mujer.

“Angela Merkel ha estado liderando Alemania durante años a través de tiempos políticos tormentosos, como la crisis financiera y del euro y la afluencia de los refugiados”, dice Victoria Kemper, una estudiante de posgrado de 26 años de edad de Berlín. “El hecho de que nos veamos tan bien a pesar de todo esto es sobre todo un crédito para nuestra canciller”. Ella es una canciller fuerte y una mujer fuerte, con los pies en la tierra y cercana a la gente. Eso la hace muy simpática. Su manera imperturbable es para mí una antítesis importante para políticos tales como Trump, Putin y Erdogan. Particularmente, en estos tiempos problemáticos de crisis globales y grandes desafíos, es importante tener una canciller fuerte y prudente que también sea apreciada en el extranjero y que pueda enfrentarse incluso a jefes de estado imprevisibles”.

“La canciller me da sensación de seguridad... y también está comprometida a apoyar a las mujeres de edad avanzada”, afirma una empresaria jubilada de 82 años de edad, Liselotte Pinnel, refiriéndose al plan de Merkel para fortalecer un plan de pensiones estatal para los ancianos. “Admiro cómo es capaz de lidiar con los grandes estadistas de este mundo y goza de gran prestigio, lo que se transfiere positivamente a Alemania”. Su comportamiento humilde y realista la distingue de sus predecesores, a pesar de que me parece demasiado tranquila y apacible a veces. Pero ella piensa exactamente lo que dice y toma sus decisiones sabiamente. Además, una tiene la sensación de que ella no quiere ennoblecerse a sí misma, sino que está sirviendo al país incondicionalmente”.

Una y otra vez, los alemanes apuntan a la capacidad que tiene la canciller para cambiar los estereotipos de género en sus cabezas. Su conducta es seria sin ser fría, y pocos alemanes pueden imaginarla teniendo un momento histérico. Ciertamente, no sonríe para congraciarse con los hombres poderosos.

Tampoco podría ser descrita como una flor tímida. Su ambición es tal que ha vencido a varios rivales de su masculino partido, tan despiadada y hábilmente, de hecho, que uno se retiró de la política por completo y otro abandonó el país.

Al mismo tiempo, la Merkel de 63 años de edad, sin hijos, dos veces casada, es famosamente sencilla, y prefiere trajes de negocios sin forma a la ropa de diseñadores, con un rechazo al maquillaje y a los peinados elegantes y simétricos favorecidos por Christine Lagarde, la directora francesa del Fondo Monetario Internacional. La falta de glamour de Merkel es recordada a menudo con alguna chanza, o por lo menos con sonrisa en los medios occidentales, pero su sencillez tiene una cierta acogida en el entorno alemán, que se halla separado solamente por una generación de la influencia comunista de la Unión Soviética y continúa luchando contra la noción occidental individualista del “marketing” o de “venderse” a uno mismo.

Ella es una creadora consumada de consensos y una demócrata. Eckelmann recordó un reciente evento de la campaña televisada en el que Merkel escuchó atentamente a varios electores y prometió investigar sus quejas, pero solo después de consultar primero con sus representantes, todos de partidos políticos rivales.

“No se trata de ella”, indica Eckelmann, quien es también, como Merkel, de la antigua Alemania Oriental. “Ella hace su trabajo y se centra en los resultados, no en su aspecto o su imagen. Eso inspira confianza en su liderazgo”.

Y, sin embargo, hay una extraña contradicción. La misma Merkel no reclama la etiqueta feminista y rara vez aboga por el adelanto de la mujer en los foros públicos. Y Alemania tiene de hecho un problema con la mujer. En la profesión elegida por Eckelmann, la arquitectura, por ejemplo, las mujeres ocupan la mitad de todos los cupos en las escuelas universitarias de arquitectura de todo el país, pero solo el 6% de las empresas de diseño del país son propiedad de una mujer. El 90% de los miembros de las juntas directivas en todo el país son hombres, y, de las 160 empresas que cotizan en la bolsa en Alemania, una fundación que monitorea a las mujeres en el liderazgo corporativo señala que hay dos veces más CEO’s de nombre “Thomas” (siete) que CEO’s que sean mujeres (tres). “Desde 2005”, dijo recientemente a los periodistas Alice Schwarzer, una de las feministas más conocidas del país, “las niñas pueden decidir: ¿quiero ser peluquera o canciller?”

La popularidad de Merkel contrasta fuertemente con la impopularidad de Hillary Clinton. Mientras que ambas mujeres se describen a menudo en términos similares ―ambiciosas, moderadas, pragmáticas, cortas de glamour y tal vez un poco demasiado cercanas a los intereses financieros del país—, Clinton perdió el voto de las mujeres contra Donald Trump.

Pero mientras Hillary ha tropezado dos veces en su esfuerzo para llegar a la Casa Blanca, Merkel es probablemente la única canciller que una niña alemana nacida este milenio haya podido conocer realmente.

Tan firme es el apoyo de Merkel, que ni siquiera su plan para abrir las fronteras de Alemania a inmigrantes de Siria, Libia y otros lugares del norte de África y del mundo árabe ha podido hundirla en las urnas.

“No estoy contenta con esto en absoluto”, dice Eckelmann. “Ella es una política europea muy fuerte y la economía alemana se beneficia de Polonia y Turquía, y no podemos negarnos a tomar nuestra parte, eso lo entiendo; pero la solución no puede ser que abra la frontera a todos”.

Sin embargo, reconoce que el historial de logros y buen juicio de Merkel ha merecido cierto grado de generalidad. “Ha demostrado que su primera prioridad es Alemania y los alemanes, y si ella dice que debemos hacer esto, se ha ganado nuestra confianza en este sentido”.

“Las mujeres, en Alemania, hemos llegado a creer en el liderazgo de la canciller Merkel”.

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AUTORES DEL ARTÍCULO:
Juliane Leinitz,
consultora senior de Asuntos Públicos y Corporativos en Clausecker y Bingel;
tesorera, Liga de Mujeres de la Unión Democrática Cristiana de Berlín.
Jon Jeter,
escritor; fue periodista del Washington Post

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