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Retos globales requieren acciones locales

Cuando abrimos la llave y el agua comienza a fluir llega un punto, un umbral, a partir del cual el agua cae de manera irregular. La turbulencia se caracteriza por cambios caóticos en la presión y la velocidad de la dinámica de un fluido. La palabra clave es caos, definida como “lo desordenado, lo confuso”.

Mientras la naturaleza necesita la mayor cantidad de espacio posible para prosperar y proveer aire, agua y alimentos, entre otros, las ciudades deben limitar o disminuir la demanda de estos servicios para mantener el balance
David Jácome Polit
2018-01-08

Algo similar ocurre cuando los eventos climáticos cruzan ciertos umbrales y se comportan de manera turbulenta, cuyo caos afecta a sistemas socioeconómicos. Estos pueden gatillar pérdidas materiales o humanas en ciudades o en sistemas agroproductivos, la subida de los precios de los productos básicos, la generación de malestar social o el estancamiento del desarrollo en determinadas zonas.

Dos estudiosos de la Universidad de Estocolmo en Suecia y de la Universidad Nacional Australiana presentaron el 10 de febrero de 2017 un trabajo de investigación titulado The Anthropocene Equation [La ecuación del antropoceno]. En este estudio, O. Gaffney y W. Steffen establecen que las emisiones de gases de efecto invernadero causadas por los seres humanos en los últimos 45 años “han aumentado la tasa de cambio de la temperatura a 1,7 grados centígrados por siglo, empequeñeciendo la tasa de origen natural”, donde “la magnitud humana del cambio climático se parece más al impacto de un meteorito que a un cambio gradual”.

De acuerdo al Panel Internacional sobre Cambio Climático, son los centros poblados los principales responsables de estos cambios, ya que, a pesar de que las zonas urbanas (al menos 50.000 residentes) cubren menos del 3% de la superficie de la tierra, estas generan aproximadamente el 71% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Es paradójico que en un futuro sean las ciudades las que acogerán a la mayoría de la población mundial (se espera que el 70% de la población viva en centros poblados en el 2050) pero que su funcionamiento y su ansia de recursos incremente la vulnerabilidad de estos asentamientos, siendo al momento más un problema que parte de la solución.

La Agenda Global 2030, propuesta por las Naciones Unidas, a través de los Objetivos del Desarrollo Sostenible, el Acuerdo de París, el Marco de Sendai y la Nueva Agenda Urbana, de manera general, proponen erradicar la pobreza, proteger al planeta y asegurar la prosperidad para todos. El planteamiento parte del concepto de desarrollo sostenible, que requiere de un crecimiento económico y social equilibrado, sin degradar el medio ambiente, con el objeto de satisfacer nuestras necesidades sin comprometer la satisfacción de las necesidades de las futuras generaciones. Desde este punto de vista, el desarrollo sostenible no es una meta, sino un camino que se debe recorrer, ya que vivimos en un mundo altamente cambiante.

La resiliencia, por una parte, es la capacidad de proponer estrategias que hacen que este camino sea más seguro, al combatir estreses crónicos que debilitan diferentes sistemas incrementando su vulnerabilidad, como el fraccionamiento del tejido social urbano, el cambio climático y sus efectos o la búsqueda de soluciones a la creciente demanda de recursos, entre otros; y, por otra parte, es la capacidad de planificar para recuperarse después de un evento catastrófico. La gestión de riesgos, por su parte, es una herramienta que hace efectivas estas estrategias, ya que al identificar los riesgos fomenta la comprensión y la mejora de las propiedades de un sistema para lograr que este sea más resiliente.

Es claro que la lucha por encauzar el mundo hacia un desarrollo sostenible, y donde se debe enfocar la construcción de resiliencia, es en las ciudades. Mientras la naturaleza necesita la mayor cantidad de espacio posible para prosperar y proveer aire, agua y alimentos, entre otros, las ciudades deben limitar o disminuir la demanda de estos servicios para mantener el balance. Desde este punto de vista, la mitigación del cambio climático, como toda acción encaminada a disminuir actividades humanas que fomenten el cambio de los patrones climatológicos, debe evitar la degradación ambiental sin limitar la prosperidad socioeconómica. La adaptación al cambio climático, como toda acción encaminada a hacer frente a los efectos del mismo, debe fortalecer los diferentes sistemas urbanos y no urbanos, y facilitar la recuperación frente a desastres naturales o antrópicos para salir fortalecidos. Estas acciones no solo pueden prolongar una era de relativa calma, sino que pueden evitar que entremos en otra que promete ser mucho más turbulenta.

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AUTOR DEL ARTÍCULO:
Arq. David Jácome Polit, MSc.Arch.
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LEED Green Associate,
director metropolitano de resiliencia, Secretaría General de Planificación,
Chief Resilience Officer-100 Resilient Cities (Quito)

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