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Mis años con los más rápidos
2014-12-29
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Comparte en: Instagram facebook email Por: Redacción de NUMBERS     5'    7     1048     Te gustó?
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PATRICK SIMON, MECÁNICO ECUATORIANO DE FÓRMULA 1

Entre los 70 y los 80 del pasado siglo, un ecuatoriano llega a lo más alto en uno de los mundos más exclusivos y más difíciles del deporte de élite: la mecánica de los bólidos de Fórmula 1. Se codeó con mitos como Fittipaldi, y con los pilotos ecuatorianos Ortega y Merello. Sus fotos y testimonio, desde Canadá, no tienen desperdicio.

Mis años con los autos de carreras… Veamos… En 1973 trabajaba en Francia, en una oficina de dibujo técnico, y con un amigo decidimos ir a Australia; teníamos ya los pasajes, pero decidí visitar el Ecuador antes de dicho viaje... ¡Y resulta que el día anterior a mi regreso a Europa me encontré con Pascal Michelet! Me dijo que, si quería, podía trabajar en la Fórmula 2 en Inglaterra, en el Ecuador Marlboro Team de Guillermo “Palito” Ortega y Fausto Merello. Pensé que era una broma, pero enseguida me puso en contacto con Ortega: al cabo de una hora ya estaba todo hecho, y me di cuenta de que mi “sueño imposible” se estaba haciendo realidad. En minutos me había olvidado de Australia y una fascinante aventura iba a comenzar.

Además de que mi sueldo sería de $0,0, lo único que me ofrecían era comida y alojamiento en un colchón directamente sobre el suelo. Todo esto no tenía ninguna importancia para mí, lo único que quería era estar en ese medio.

Al día siguiente estaba en Alemania (Mindelheim) con Lothar Ranft, el jefe mecánico; juntos fuimos a Inglaterra, a la fábrica de John Surtees en Edenbridge (Kent).

Nos esperaba ya el trabajo: debíamos armar tres F2 (TS 15A) en un plazo relativamente corto. Desde el primer día nuestro horario era de 8 AM a 12 PM, con unos 30 minutos al mediodía y lo mismo para la cena; casi siempre comíamos en el mismo taller, sobre las mesas de trabajo. Por suerte, después de pocos días llegó Paco Olmedo, o sea que entre tres ya la cosa andaba algo mejor, pero nuestros horarios seguían siendo los mismos.

Un día, el ingeniero que nos guiaba durante el montaje de los autos me preguntó si me gustaría trabajar en su fábrica (la Surtees), y yo no me lo podía creer. Le contesté: “Créame, yo pagaría por trabajar ahí, pero por el momento no puedo abandonar a los amigos a quienes ofrecí mi ayuda”. Me respondió que, si un día quería venir, tenía las puertas abiertas.

En fin, embarcamos los autos ya armados en el camión y nos fuimos a Mindelheim, al taller de Ranft, y ahí estuvimos toda la temporada de las carreras.

De ahí salíamos en ese mismo camión —que yo mismo manejaba sin tener permiso para conducirlo— para los diferentes circuitos europeos, como Karlskoga en Suecia, Enna y Mugello en Italia, Pau en Francia, Silverstone en Inglaterra, Nürburgring en Alemania, Salzburgring en Austria, etc.

En cada circuito, el trabajo era enorme y las noches se hacían más y más cortas; generalmente dormíamos unas pocas horas en el mismo camión o en la caravana que remolcábamos, pero aun así yo seguía feliz: estar en ese mundo me parecía algo increíble, y el momento de la largada de cada carrera era una emoción difícil de describir.

Durante meses seguimos trabajando a este ritmo, sin saber cuándo era domingo, ya que los fines de semana habían desaparecido desde hacía tiempo.

Fuimos también a las 24 Horas de Le Mans, donde Ortega, Merello y Ranft participaban con un Porsche 908. Me tocó manejar el camión 22 horas para llegar a Le Mans. Llegamos un jueves como a las cuatro de la tarde y nos tocó preparar nuestro pitenseguida para las pruebas del día siguiente, y el sábado comenzaba la carrera de 24 horas. El cansancio ya no sabía bien qué era, ¡pero la emoción de estar en ese lugar era como un sueño que nunca pensé que viviría!

Faltando pocas carreras de la temporada de F2 conversé con Ortega y Merello. Les dije: “El poco dinero de que disponía, lo acabé, y necesitaría un mínimo para comprar por lo menos pasta dental, por ejemplo”. Me dijeron que era imposible pagarme algo; en ese caso —les dije— tendría que irme, y así fue. Por suerte, Lothar me dio algo de dinero para el pasaje hasta Inglaterra, y cuando embarqué tuve la impresión de salir de una cárcel y encontrar mi libertad, que había perdido sin darme cuenta… La verdad es que el trabajo era algo fantástico para mí, y simplemente me hacía olvidar todo lo demás.

¿Lo mío con los autos de carreras?... Un “sueño imposible” que se hizo realidad

Apenas llegué a Edenbridge, al día siguiente, me fui directamente a la fábrica Surtees. Sólo llevaba conmigo una pequeña mochila y mi pasaporte. A las 8 vi llegar al ingeniero, que enseguida me reconoció, y una hora después ya estaba trabajando en la F2 del equipo Surtees.

Ahí sí, estaba loco de felicidad. Al acabar la semana recibí mi primer sueldo, con el cual me alcanzaba justo para comer y dormir: es todo lo que necesitaba. También aquí trabajaba sin parar, y generalmente terminaba mi tarea entre las 10 u 11 de la noche, pero luego iba a ver a los que trabajaban en la F1 y me quedaba ayudando hasta las 2 de la mañana.

Al poco tiempo John Surtees resolvió terminar con la F2 y me quedé con ellos para continuar en la F1. En aquel año el piloto austríaco Helmut Koenig manejaba en la Surtees, y durante la carrera de Watkins Glen, en Nueva York, murió en un terrible accidente en el cual el auto se incrustó bajo los rieles de seguridad y él fue decapitado.

Un día llegué al taller con 10 minutos de atraso y el jefe mecánico miró su reloj y me dijo: “No son horas de llegar”; en ese mismo instante dije: “Esta es mi última semana aquí”, y así lo hice.
Al año siguiente me puse en contacto con Ron Dennis, que ponía su propia escudería; los autos eran de la March con motores BMW, al igual que en la Surtees.

Otra aventura comenzaba, parecida a la primera. El piloto era el italiano Vittorio Brambilla, con el cual obtuvimos buenos resultados; era una persona muy sociable y siempre de buen humor, listo para bromas, con lo que el ambiente era aún mejor. Igualmente recorrimos toda Europa, pero esta temporada estuvimos alojados en hoteles y las condiciones eran mucho mejores.

Después de este equipo de Ron Dennis trabajé, también en F1, en el equipo Copersucar de Emerson Fittipaldi. Esa fue una de mis mejores experiencias: el trabajo era más tranquilo y podía aprovechar y apreciar más lo que hacía, como cuando uno come un buen almuerzo con tranquilidad y lo saborea.

Además, Emerson era un piloto muy implicado con los mecánicos y nos hacía aprovechar mucho el tiempo libre invitándonos a restaurantes, e incluso un fin de semana —estábamos en el sur de Francia, haciendo pruebas privadas en el circuito Paul Ricard—nos llevó a todos los del equipo a su hotel, y ahí había reservado todas las actividades posibles para nosotros… Pienso que fue el único piloto que conocí con el cual podíamos conversar fácilmente.

Él era el gran piloto de esa época, y muy apreciado en todos los circuitos. Recuerdo que una vez, en Brands Hatch (Inglaterra), los autos ya estaban listos en la línea de partida; yo acompañaba a Emerson hacia su auto y al llegar a la pista todo el mundo se levantó y aplaudió… Me dieron ganas de desaparecer en ese momento, pero al mismo tiempo estaba con esa emoción de caminar al lado del gran campeón…

Terminada esta otra temporada de F1, dejé por un tiempo este trabajo y estuve en el Brasil, trabajando en las plataformas de petróleo, y luego regresé un tiempo al Ecuador.

En el 85 me fui nuevamente a Francia, donde conseguí trabajo en el equipo francés Ligier. En aquel año los pilotos eran Jacques Laffite y el italiano Andrea de Cesaris.

En la entrevista, el jefe mecánico me dijo: “Oye, no te olvides de que a partir de ahora estás casado con el auto”, y así fue. Por eso sólo trabajé dos años con ellos, porque era algo exagerado lo que hacía, ya que estaba ya casado, y la vida que llevaba no era para alguien que tiene familia: el 90% de los del equipo Ligier eran divorciados o separados.

Trabajé en el 85 y el 87 con Ligier, y en el 86 estuve en Saint-Tropez (Francia) con Didier Pironi, un expiloto de F1 cuyas dos piernas quedaron completamente destruidas por un accidente en Hockenheim (Alemania), así que después corría en barcos offshore; así tuve la ocasión de estar una temporada en ese medio tan especial, quizás porque sólo la gente muy rica participa en este tipo de carreras.

Las horas de trabajo eran aún más que en F2 o F1. En una carrera que tuvimos en Mónaco uno de mis compañeros de trabajo cayó desmayado de cansancio, y Pironi, asustado, le permitió irse a descansar al hotel, y a los demás nos pidió que nos relajáramos un poco…

A finales del 87 decidí con mi mujer ir a Canadá, donde tuve la suerte de trabajar durante 21 años en Air Canada, en el mantenimiento de los motores de los aviones.
Ha pasado el tiempo... ¿Lo mío con los autos de carreras? No lo dudo: un “sueño imposible” que se hizo realidad.


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