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Estamos acabando con nuestra inteligencia

En la era digital corremos el riesgo de confundir acceso a información con inteligencia. Aparentemente, lo venimos haciendo desde hace tiempo, y, en el proceso, hemos empezado a pagar un elevado precio.

Daniel Márquez Soares es un periodista y académico ecuatoriano
Daniel Márquez
2017-10-31

Hasta hace unos años había un consenso entre pensadores y futurólogos del mundo desarrollado: las generaciones venideras serían las mejores preparadas de la historia de la humanidad. El comercio mundial, las telecomunicaciones, la tecnología de almacenamiento y procesamiento de datos, las facilidades para viajar, la expansión de la democracia; todos esos factores invitaban a creer en un futuro próspero y pacífico en el que, al ser más fácil y barato compartir información, las personas producirían, comerciarían e innovarían cada vez más. La consecuencia lógica sería una población mundial próspera, educada y responsable, que elegiría cada vez mejores gobernantes; estos, a su vez, fortalecerían más y más ese sistema. La supuesta llegada de ese círculo virtuoso, que en aquel entonces parecía inminente, abonó en un pasado no tan lejano el optimismo de diversos personajes, como Francis Fukuyama, Thomas Friedman o el propio Bill Gates.

Irónicamente, todos ellos se tornarían luego más escépticos con respecto al porvenir: Gates enfatizaría la urgente necesidad de innovación, sobre todo en el campo energético; Fukuyama alertaría sobre la tarea incompleta de formación del Estado en el mundo y sobre la amenaza del mejoramiento biológico de los humanos; Friedman se confesaría preocupado ante las amenazas que la democracia y el medio ambiente enfrentaban en el mundo entero. Luego, paulatinamente, se les han ido sumando críticos cuyas reservas no tienen un origen político ni ecológico, sino uno mucho más preocupante: educativo.

Nadie osa negar que la humanidad vive una época dorada en lo que se refiere al acceso a la educación y al aprecio por ella: nunca en la historia de la especie fue tan fácil acceder a la información y al sistema educativo formal, ni hubo una mayor conciencia planetaria de la importancia de educarse. No obstante, se está produciendo un cambio innegable en los hábitos de estudio y trabajo de la humanidad, sobre todo en las clases media y alta con abundante acceso a tecnología (justo las que supuestamente iban a conducir al mundo global a una nueva época). Hay un descenso en la capacidad de lectura y atención (lo que no implica un descenso en los índices de alfabetismo o ventas de libros), en el volumen de carga académica compleja (incluso en las universidades más prestigiosas del mundo) y en el compromiso a largo plazo (más de cinco años) con una empresa u oficio. Los más pesimistas, como Peter Thiel, Andrew Keen o Nick Bostrom, afirman incluso que la humanidad ha entrado en un preocupante letargo en el que el calibre de la innovación y el ritmo del progreso son desdeñables, más parecidos al Medievo que al vibrante siglo XIX.

Esto no equivale necesariamente a afirmar que la humanidad de hoy sea menos inteligente, ya que también hay índices que han mejorado: un ciudadano de esta época consume más información que su par de cualquier otro momento en el pasado, y su conocimiento del mundo y de la coyuntura ajenos a su entorno inmediato, por muy superficial que sea, es muchísimo mayor que el de sus antepasados. Desgraciadamente, como bien sabemos, mejor acceso a información y consumo de ella no implican necesariamente mejor educación ni mejor capacidad de resolver problemas. Si hay algo en lo que coinciden la mayoría de denunciantes y críticos de este fenómeno (y del mundo que está acuñando) es en que la tecnología de la era digital ha jugado un papel determinante en su surgimiento. Vivimos en un mundo mejor en gran parte porque los sistemas informáticos son cada vez mejores; no obstante, parece también que, paradójicamente, mientras más inteligentes son los sistemas y sus creadores, menos inteligente se torna la gente común. El sistema educativo ha empezado a reflejar esta nueva realidad.

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Mejor acceso a información y consumo de ella no implican necesariamente mejor educación ni mejor capacidad de resolver problemas

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AUTOR DEL ARTÍCULO:
Daniel Márquez Soares,
periodista y académico

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