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El eterno femenino y el poder

Cuando me solicitan que escriba sobre una temática relacionada con la mujer, tengo toda la intencionalidad de empezar por referirme a la más antigua cultura matriarcal de la que se tiene memoria en el territorio ecuatoriano, aquella que de alguna manera contribuye a darnos identidad, a asegurarnos aquel lugar en la historia al que todo país y todo habitante tiene derecho.

Existe toda una historia femenina que la minusvaloración de la mujer nos ha ocultado
Rosalía Arteaga
2017-10-30

Se trata de la cultura Valdivia, ubicada en la península de Santa Elena. Es la primera cultura cerámica del continente, y ha dejado vestigios anteriores al año 4.000 a.C. (es decir, con más de 6.000 años de antigüedad).

Esta cultura nos da a conocer, a través de los figurines encontrados, una historia de presencia femenina marcada que nos entrega una carta de presentación frente a la historia, una historia fantástica, matizada por las olas del mar, las spondylus, el cultivo del maíz, la utilización de embarcaciones emprendedoras que hacían su navegación hacia Mesoamérica y el Perú y que regaron su influencia por las márgenes del Pacífico, con gran fuerza y también con gran impacto, como lo demuestran los estudios arqueológicos más recientes, sobre todo los realizados en México.

Hay una fuerza femenina en buena parte de nuestra historia precolombina, la que marcan mujeres sumergidas en la leyenda como Toa, Quilago, Paccha o Umiña, y la trascendencia en este caso no está limitada por su existencia o no, que algunos podrían discutir, sino por el rastro que las figuras femeninas van dejando en el imaginario colectivo.

Y luego son ya los personajes históricos de las Manuelas, entre las que destaca Manuela Sáenz, las Rosas, las Marías, quienes van construyendo a retazos ―como se hacen siempre las historias, y más si la impronta la marcan las mujeres, como en este caso― esa bella historia ecuatoriana que la educación tradicional y esa obligada minusvaloración del trabajo femenino nos han ocultado.

Adentrándonos en la historia republicana, podríamos mencionar a muchas, a tantas que se dejaron la vida y la reputación luchando contra las injusticias, abogando por los derechos, asumiendo responsabilidades que se multiplicaron con los años y la acumulación de trabajos y jornadas.

Matilde Hidalgo de Procel es no solo la primera médica del Ecuador, sino también la primera mujer votante de Ecuador y América Latina, y le siguen Nela Martínez e Isabel Robalino, quienes van haciendo una historia que a mí me ha tocado también, en determinadas circunstancias, liderar: tuve así el honor de ser la primera ministra de Educación, así como la primera vicepresidenta y presidenta de la República.

Por obvias razones no voy a profundizar en los capítulos en los que me ha tocado ser parte activa, pero sí voy a enfatizar que las mujeres hemos sido capaces de asumir grandes retos y de llevarlos a cabo sin dubitaciones y con responsabilidad.

El avance de las legislaciones ha permitido que en el Ecuador y en la mayor parte de los países latinoamericanos las mujeres puedan acceder a puestos de elección popular, reforzándose esto con las leyes de cuotas, que llegan hasta la exigencia de la presencia del 50% en las listas electorales y en la provisión de cargos públicos.

Ahora bien, el escenario, a pesar de los marcos legales, no ha sido tan alentador. Falta mucho por hacer en el ejercicio de la igualdad de derechos entre varones y mujeres, que no tiene que ver solo con la ley, sino también con temas culturales y políticos, más complejos y dilatados de vencer pero que en el largo plazo serán más sustentables.

En los últimos años la presencia de mujeres como mandatarias al frente de los países se ha incrementado, aunque hemos visto cómo esa participación no ha sido siempre intachable, como lo prueban las múltiples acusaciones en contra de las exmandatarias Cristina Fernández de Kirchner en Argentina y Dilma Rousseff en Brasil, los países más extensos de América del Sur.

Estos dos casos mencionados, así como el hecho de que a muchas mujeres no se nos ha permitido el ejercicio del poder ―como ocurrió en el golpe de Estado propiciado por la propia legislatura de mi país en 1997―, no puede ser el parámetro bajo el cual nos encasillen a las mujeres que tienen ganas de hacer política, que se están preparando para ello, que sienten el llamado del servicio público y que seguramente están viendo un mundo más igualitario que se construyó gracias a la lucha y a los caminos que algunas nos hemos dedicado a abrir.

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Existe toda una historia femenina que la educación tradicional y su minusvaloración de la mujer nos han ocultado

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AUTORA DEL ARTÍCULO:
Rosalía Arteaga Serrano
,
expresidenta de la República del Ecuador,
miembro del Directorio de la Biblioteca de Alejandría,
presidenta del Consejo Asesor de FIDAL,
presidenta del Consejo Asesor de KREAB Ecuador

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