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Educar para la trascendencia. Ni vagos, ni nerds… Solo tienen miedo

En la formación de los jóvenes generalmente se prioriza el paradigma del éxito frente al de trascendencia, pues existe incomprensión sobre la integralidad del ser humano y sus fines, lo que usualmente les hace tener una visión errada e incompleta de sí mismos y de su relación con la realidad.

La humildad no se impone: se seduce a otros con el ejemplo y la coherencia de otro que funge como tutor
Pablo Pinto Chiriboga
2017-11-10

Cuanta tristeza, soledad y angustia encuentro en la gente… Si escucháramos más a los niños sabríamos como educarlos.

Cuando le pregunté a Juan, un chiquillo de ocho años, si quería ser exitoso, me respondió sonriendo que no, porque él es “vaguncho”, y que éxito es lo que quieren las personas mayores para ser orgullosas. Entonces le pregunté si le gustaría saber más que los demás para ayudarles a aprender; me dijo: “¡Eso sí me haría feliz, pues enseñando me sentiría útil y respetado!”. Me permitió entender que lo que verdaderamente motiva al ser humano para salir de su área de confort es el sentirse útil para los demás.

Luego señaló que aceptaría que otro niño le enseñara a él, si es que aquel fuera un nerd, pero que no lo aceptaría si fuera un vago, pues ello le haría sentir inferior. Enseguida cambió de opinión cuando cayó en la cuenta de que aquél también tenía derecho a sentirse útil y feliz por compartir sus conocimientos. Descubrió que amistad es esa relación bidireccional que permite a dos personas aceptarse mutuamente y recibir lo que el otro puede dar sintiéndose agradecido por ello.

Descubrimos entonces que solo hay dos caminos para vivir: el del orgullo y el de la humildad. El primero fomenta el culto a la personalidad propia, incluso por encima de los demás, y el segundo requiere un valor adicional para tomar el riesgo de vivir la propia vocación a plenitud pese a cualquier consecuencia. Algunas actitudes que los identifican son:

  1. Orgulloso: no se atreve a decir que no sabe, no pregunta y no pide ayuda, pues hacerlo sería admitir su falibilidad. Se siente amenazado ante otros que percibe como iguales o superiores. No toma riesgos, sus metas están dentro de su rango de confort, pues el error para él es fracaso y le es imperdonable. Su actitud es la competencia con los demás, por lo que vive a la defensiva y en angustia. Su finalidad es el culto a la personalidad, requiere del elogio para sentirse seguro, le enoja la virtud ajena. No trabaja en equipo, las demás personas son útiles o inútiles para sí. Se siente solo en un mundo de “idiotas”. No importa si tiene capacidades grandes o pequeñas, su orgullo le incapacita para alcanzar su potencial.
  2. Humilde: cuando no sabe algo lo acepta, pregunta y pide ayuda con entusiasmo. Sabe que las ideas de los otros pueden ampliar sus horizontes: trabaja en equipo y aprende de todos. Su energía vital le impulsa a ser tan grande como pueda, aceptando sus límites, pero los trasciende al adherirse a proyectos muy superiores a su capacidad personal en función del bien común, pues siempre encontrará con quién lograrlos: así vivirá su vocación y descubrirá la plenitud de su identidad. Sus actitudes son la competencia consigo mismo y la cooperación. En él no existe el fracaso, el error es aprendizaje. No importa si tiene capacidades grandes o pequeñas, está destinado a dejar un legado, a crecer y a impulsar el crecimiento de otros, y cuando lo logra no se enorgullece, se siente agradecido con la vida por haberle permitido serle útil.

La humildad no se impone: se seduce a otros con el ejemplo y la coherencia de otro que funge como tutor, ya sean padres, profesores o amigos. ¿Quién tomará el riesgo de ser tutor?

Los alumnos se autoclasifican en un rango cuyos extremos van desde vagos hasta nerds; lo increíble es que unos y otros están angustiados y sufren por igual, aunque por diferentes razones. Los primeros temen por su futuro, por no poder aprender, pero sueñan con poder hacerlo, mientras que los segundos han puesto su centro de seguridad en la calificación y por tanto sufren por el temor a no cumplir con las expectativas de quienes les califican. Ambos son jueces pertinaces consigo mismos.

Para lograr su desarrollo integral deberán sanar, alimentar y ejercitar disciplinadamente cada una de sus tres dimensiones, las cuales se complementan mutuamente: la espiritual, que le hace tomar conciencia sobre su sentido de vida desde el amor, describiendo el para qué vive, la mental, que le permite aprender y proponer el cómo expresar y realizar la vocación, y la dimensión física o corporal, por la cual se expresa, se relaciona y actúa con la realidad.

Todas las personas pueden aprender a disfrutar del aprendizaje y desatar nuevas y poderosas capacidades si se les permite elegir hacerlo, desde una visión completa de sí mismos y de sus opciones, acompañándoles con la provisión de herramientas y los recursos adecuados.

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Lo que verdaderamente motiva al ser humano para salir de su área de confort es el sentirse útil para los demás
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AUTOR DEL ARTÍCULO:
Pablo Pinto Chiriboga,
consultor educativo, propietario de Tutor Doctor Ecuador,
www.tutordoctor.ec

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