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Educación en la era de la incertidumbre

La necesidad de educar a nuestros niños, adolescentes y jóvenes de una manera adecuada a los tiempos en los que vivimos nos pone en la disyuntiva de pensar en qué nuevos elementos debemos tomar en cuenta cuando se trata de diseñar currículos, establecer los perfiles de maestros y los de quienes van culminando los procesos educativos.

"Hay que volver los ojos al mundo de los valores que nos son inmanentes como seres humanos"
Rosalía Arteaga
2017-09-21

Rosalía Arteaga Serrano,
expresidenta de la República del Ecuador,
miembro del Directorio de la Biblioteca de Alejandría,
presidenta del Consejo Asesor de FIDAL,
presidenta del Consejo Asesor de KREAB Ecuador

La necesidad de educar a nuestros niños, adolescentes y jóvenes de una manera adecuada a los tiempos en los que vivimos nos pone en la disyuntiva de pensar en qué nuevos elementos debemos tomar en cuenta cuando se trata de diseñar currículos, establecer los perfiles de maestros y los de quienes van culminando los procesos educativos.

Por supuesto que sabemos que todo niño viene con un ADN cargado de creatividad, de sueños, de ganas de divertirse, de hacer las cosas jugando, pero, ¿qué pasa, a la vuelta de los años, con esos niños creativos y de mentes abiertas? Parece que hemos ido cerrando las compuertas de lo que percibíamos en sus ojos curiosos y ansiosos de aprender.

En ello tienen una buena responsabilidad tanto los padres como los maestros, y, claro, los sistemas educativos; pero también debemos pensar que la ciencia, la tecnología, la innovación, le han jugado una mala pasada a la educación tradicional, porque les han puesto en las manos a los niños y jóvenes educandos una cantidad de instrumentos, de “aparatitos”, con los que nosotros no estuvimos familiarizados, así como con las posibilidades infinitas que estos nuevos elementos le ofrecen en términos de fuentes de conocimiento.

Sabemos que las enciclopedias están a un clic de un dedo o tal vez de un comando oral, que las bibliotecas y los museos, pero también el fondo del mar o el espacio infinito, se despliegan ante nuestros ojos, con solo navegar por los insondables misterios de Internet.

Sabemos que se habla ya de la inteligencia artificial, que los adultos hemos tenido que irnos adaptando a una velocidad increíble al uso de las nuevas tecnologías, que todos los días nos desbordan y nos apabullan con las siempre vibrantes posibilidades que la era del conocimiento nos ofrece.

Por ello, ¿qué tipo de educación les podemos dar a los más chiquitos para que sientan que lo que se les transmite es útil, les sirve, les interesa, les desafía? ¿Qué debemos hacer para que el cúmulo de incertidumbres en los diferentes campos no nos deje paralizados y casi sin acción frente al tamaño de los desafíos?

Yo diría que hay que volver los ojos al mundo de los valores, a aquellos que nos son inmanentes como seres humanos, que ya fueron de alguna manera descritos en la Antigüedad por los grandes pensadores y que tienen que ver con el derecho natural y la razón humana: “vivir honestamente”, “no hacer daño”, “dar a cada uno lo que le corresponde”, que fueron consagrados en las fórmulas del Derecho Romano, que están presentes en los estudios de la Filosofía del Derecho y que no han pasado de moda: honeste vivere, neminem lædere, suum cuique tribuere.

Que se nos hacen difíciles los latinajos…, es verdad; pero la esencia de lo que nos traen como visión de vida, podríamos pensar que se corresponde de alguna manera con aquella sabiduría indígena que se ha querido ver también como patrimonio de unos pocos: el ama qhilla, ama llulla y ama shua, es decir, “no ser ocioso”, “no mentir” y “no robar” son fórmulas de vida aplicables aquí y en cualquier parte del planeta.

Tanto las fórmulas latinas como las viejas consejas del mundo indígena entrañan una filosofía de vida que, al mismo tiempo que normas de conducta, planteo que pueden convertirse en una especie de sustento o plataforma base desde la cual se pueden construir los conocimientos diversos, las creaciones en las que tan pródigo es el ser humano.

Si aceptamos la ley de Moore, que nos dice en esencia que el conocimiento se duplica cada 18 meses, estamos asistiendo a un portentoso desafío, que nos puede dejar alucinados, sin saber cómo movernos o cuál es el área que debemos enfrentar, a sabiendas de que el multitasking o simultaneidad se imponen y que en eso las mujeres llevamos una considerable delantera, por nuestra “deformación profesional” de amas de casa, siempre dispuestas a realizar las tareas imperiosas, sin dilaciones, al mismo tiempo y con igual eficiencia.

Por todo ello, el planteamiento se enfoca en la necesidad de saber construir ese sustrato que alimenta, esa plataforma desde la que nos lanzamos, esa base firme que no se va a mover para dejarnos descolocados, y desde allí avanzar hasta donde el intelecto, la innovación, los sueños, nos dicten; de lo contrario, si las bases se tambalean, el edificio se desploma, y lo puede hacer en el momento menos imaginado, con las catastróficas consecuencias que ello causa en nuestro entorno y en la humanidad.

(1) Buenas bases, sustentadas en una ética laica, es lo que proponemos como educación del presente y del futuro, así como (2) una predisposición a una mente abierta a todo lo que se nos viene, unida a (3) la capacidad de adaptación: ello será lo que nos otorgue posibilidades de triunfo en un mundo incierto, cambiante y a veces enloquecido.

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¿Qué tipo de educación les podemos dar a los más chiquitos para que sientan que lo que se les transmite es útil, les sirve, les interesa, les desafía?

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