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Adictos a la ira

En teoría, a los seres humanos no nos gusta sentir emociones negativas como la ira, la envidia o el odio, y tenemos una tendencia innata a huir de todo aquello que nos produce esas sensaciones. No obstante, seguimos viendo personas entregadas a protestas que devienen en jornadas de desenfreno, con quema de banderas y saqueos, o a escribir mensajes de odio y amenazas en redes sociales durante horas y horas.

La gente busca sentir ira y obra en función de ella
Daniel Márquez
2017-09-26

Daniel Márquez Soares,
periodista y académico

En teoría, a los seres humanos no nos gusta sentir emociones negativas como la ira, la envidia o el odio, y tenemos una tendencia innata a huir de todo aquello que nos produce esas sensaciones. No obstante, seguimos viendo personas entregadas a protestas que devienen en jornadas de desenfreno, con quema de banderas y saqueos, o a escribir mensajes de odio y amenazas en redes sociales durante horas y horas.

Cuando escribió 1984, George Orwell ya entendía que desear el mal puede ser placentero. Por ello, en el mundo distópico de su novela los ciudadanos participaban diariamente del “minuto de odio”, una especie de sesión cinematográfica que les permitía sacar todo el veneno que sentían hacia los enemigos de su Estado.

Igualmente, el legendario circo romano al que se refiere el dicho de “pan y circo” no era un lugar de payasos y malabaristas, sino un espectáculo de torturas, ejecuciones y vejaciones inconcebiblemente sádicas de individuos que pertenecían a grupos odiados por el populacho.

Cuando Marx se refería a la religión como “el opio del pueblo” no pensaba en un pueblo amansado por la resignación que da la fe, sino en la masa distraída por las cacerías de herejes y las guerras contra los infieles a los que aborrecía. Tal y como lo demostraron Daniel Kahneman y Amos Tversky en su monumental estudio de la mente humana, dejarse llevar por las emociones y pensar sin darle muchas vueltas a los asuntos es algo liberador y entretenido que los seres humanos hacemos constantemente. La ira, al ser una de las emociones más poderosas en nuestro arsenal, resulta, entonces, uno de los más útiles distractores con los que contamos.

El último libro de Seth Stephen-Davidowitz sobre el comportamiento humano, Everybody Lies [Todo el mundo miente], se basa en los registros de búsquedas en Google de la población y arroja resultados siniestros. El único factor que explica, por ejemplo, de manera estadísticamente significativa la victoria de Donald Trump en Estados Unidos es el racismo. Igualmente, concluye, el racismo no aumenta por las crisis económicas ni por el desempleo, sino principalmente por la envidia que produce ver a alguien de otro grupo étnico gozando de fama en los medios o por los celos que desatan las uniones interétnicas. La creencia de que una persona solo consume información que confirme sus puntos de vista y de que los fanáticos habitan en un entorno de medios e información radicalizados también resulta ser falsa; según el autor, las personas visitan asiduamente medios de comunicación con un punto de vista opuesto, sobre todo los fanáticos. La gente busca sentir ira y obra en función de ella.

En este contexto, como subraya Adam Alter en su libro Irresistible, sobre la adicción a las nuevas tecnologías, los smartphones generan dependencia a algunas personas porque ofrecen la posibilidad de consumir constantemente información indignante y postear permanentemente mensajes de ira u odio; un verdadero banquete para quienes disfrutan secretamente de sentir tales emociones. Son surtidores permanentes de ira, como un cigarrillo sin fin para un fumador o un vaso de whisky sin fondo para un alcohólico. El problema es que estas reacciones ya han sido estudiadas por profesionales del mundo de la publicidad y las usan adrede para posicionar causas, personajes e ideas.

Por ello, en un mundo con una población propensa a la ira, dotado de la tecnología necesaria para repartirla a raudales, muchos expertos ruegan ya por leyes de control de la libertad de expresión que no solo partan de principios idealistas del siglo XVIII, sino que tengan en cuenta la evidencia recabada en el siglo XXI. Si no, puede que nos espere un futuro en el que la política, el entretenimiento y la publicidad se planificarán en función de despertar nuestras peores emociones.

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La ira, al ser una de nuestras emociones más poderosas, se convierte en uno de los más útiles distractores con los que contamos las personas

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