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Activismo digital: ¿podemos aprender de él?

Con la crisis económica y financiera desatada a partir de septiembre de 2008, la más grave desde la Gran Depresión de 1929, comenzó todo.

Internet tiene un enorme poder para difundir idearios y conectar a ciudadanos
Pablo Gallego
2017-11-01

Fuera en la Revolución Egipcia de 2011, el Movimiento 15M en España u Occupy Wall Street en EE. UU., las redes sociales se convirtieron en el catalizador y difusor del descontento que había entre la población, aportando el instrumento necesario para movilizar a una sociedad que no encontraba dentro de sus modelos de representación la respuesta adecuada a la crisis.

Y es que la aparición de las nuevas tecnologías de la información ha ofrecido la herramienta clave, los ciudadanos tienen entre sus manos el instrumento perfecto para reivindicarse a sí mismos: un sistema de comunicación instantáneo y ubicuo que permite el enlace con otros ciudadanos que piensan del mismo modo. Frente al tradicional modelo de circulación vertical de información, la horizontalidad de Internet es inabarcable, y sus límites los ponen los propios usuarios.

DEL ACTIVISMO CLÁSICO AL ACTIVISMO DIGITAL
Los corsés del activismo clásico están rotos. Antes de la era de Internet, un mensaje o una causa necesitaban tiempo para organizarse, para madurar. Los modelos de organización eran centralistas, por lo que para los Estados o para las grandes compañías bastaba con la desacreditación de sus líderes para conseguir que sus causas no fueran suficientemente apoyadas.

Pero con las redes sociales todo cambió. Los nuevos movimientos sociales han acabado organizándose a través de modelos distribuidos, donde los nodos (por ejemplo: usuarios de Twitter) tienen un equilibrio de poder parecido, consiguiendo así que el liderazgo lo tenga el propio mensaje o la causa en lugar de los líderes, y haciendo ahora más difícil que Estados y corporaciones puedan defenderse frente a sus acciones. Esa es la razón de que estos nuevos movimientos a veces se definan como “sin líderes”, ya que en realidad lo que tienen son dinamizadores del mensaje de la inteligencia colectiva.

Además, en el activismo clásico colaborar en una causa requería de mucho tiempo libre, mientras que ahora las redes sociales permiten que ciudadanos que no habrían podido estar implicados directamente en buscar soluciones para su comunidad de pronto se muestren reactivos a la realidad que les rodea y comiencen a participar para solucionar los problemas que les rodean.

¿PERO TIENE EL ACTIVISMO UNA ÚNICA BANDERA?
No. Existe el mantra que mantiene la idea de que son los movimientos de izquierda o progresistas los que mejor se movilizan a través de las redes sociales, pero nos encontramos con claros ejemplos que lo desmontan.

El Frente Nacional francés o el UKIP británico, organizaciones nada sospechosas de representar al progresismo, son dos claros ejemplos de buena movilización en redes sociales.

Solo hace falta entrar en cada una de sus webs: lo primero que te solicitan es tu e-mail; una vez conseguido este lead, empezarán a pasarte toda la información sobre su ideario, a avisarte en el momento exacto de lanzamiento de una campaña online, viralizando la acción y haciéndote partícipe, o a pedirte una donación para una causa determinada. Todo esto sin tan siquiera estar afiliado o pagar una cuota.

Las organizaciones políticas tradicionales europeas comienzan poco a poco a movilizarse de la misma manera, pero se subieron tarde a este tren y esta ha sido una de las causas por las que los nuevos partidos en Europa han cogido un gran espacio en las instituciones.

LA POSVERDAD, LA POSCENSURA Y LAS NOTICIAS FALSAS
No es oro todo lo que reluce. Todos estos avances han traído ciertos síntomas que, si no son tratados rápido, pueden convertirse en una enfermedad crónica.

Uno de estos síntomas es la posverdad, neologismo que nos sirve para describir aquellas situaciones en las que los hechos objetivos tienen menos influencia que las apelaciones a las emociones y a las creencias personales.

Un claro ejemplo fue la campaña del Brexit, en la que las clases medias y trabajadoras castigadas por la crisis votan a favor de la salida del Reino Unido a través de un fuerte sentimiento de volver a ser la nación que lideró el mundo del siglo XVII al XX. O la campaña de Donald Trump, cuyo lema Make America great again! apuntaba directamente a los sentimientos más profundos del estadounidense del interior que trabaja en el sector agrícola y al que la globalización ha golpeado duramente.

Trump es un ejemplo claro de cómo los medios tradicionales están perdiendo su estatus de cuarto poder frente a las redes sociales. El presidente de EE. UU. utiliza directamente las redes para lanzar sus propios mensajes y llegar a sus seguidores sin pasar por la prensa, a la que descalifica directa e indirectamente sobre todo a través de Twitter.

Otro síntoma con el que nos encontramos es el fenómeno de las noticias falsas o fake news, mediante las cuales medios y blogs pequeños buscan un gran tráfico que llevar a sus webs: no dudan en crear bulos sobre un líder político para luego lanzarlo segmentado hacia aquellos públicos que detestan a este líder, consiguiendo así que lo compartan y lo viralicen.

Además, Eli Pariser, activista de MoveOn.org y autor de El filtro burbuja, apunta correctamente hacia los algoritmos de Instagram, Facebook y Twitter que ayudan a la división en Internet, convirtiéndolo en un campo de trincheras, creando islas ideológicas cerradas donde los usuarios tendemos a recibir solamente opiniones políticas afines y noticias reales o falsas que corroboran nuestros prejuicios.

Por último, nos encontramos con la poscensura. El periodista Juan Soto Ivars, en su libro Arden las redes, describe bien que nos estamos convirtiendo en una sociedad obsesionada con no ofender, provocando que los polos ideológicos tanto a la izquierda como a la derecha desarrollen sus propias censuras. Esto consigue que nos autocensuremos antes de publicar algo en Twitter y por lo tanto que dejemos el campo abierto a opiniones extremas que avanzan gracias a las redes sociales como elemento motor.

La poscensura genera linchamientos, destruyendo la posibilidad de un debate racional y creando las condiciones perfectas para que los discursos que apelan a los sentimientos triunfen. Esto se convierte en un sistema represivo que no requiere de un Estado censor, ya que consigue infundir en aquellos que se salgan de la línea de sus grupos de pertenencia el miedo a ser catalogados como traidores.

Es importante que tengamos todos estos síntomas en cuenta a la hora de establecer una estrategia en redes sociales o de comunicación digital. De lo contrario, podemos sufrir la ira de las redes.

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Muchos ciudadanos han reparado en el enorme poder de Internet para poner en marcha movilizaciones, difundir idearios y conectar a ciudadanos que tengan sus mismas preocupaciones

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AUTOR DEL ARTÍCULO:
Pablo Gallego
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Social Media & Digital Public Affairs Director
en KREAB Iberia

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