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“Sin nación española la monarquía estaría de más”

José Bono Martínez (Salobre, Castilla-La Mancha, 1950), abogado y profesor de Derecho Político en la Universidad Complutense de Madrid, lo ha sido todo en la política española: fue presidente de la comunidad autónoma de Castilla-La Mancha durante seis legislaturas consecutivas (1983-2004), venciendo siempre por mayoría absoluta; después ministro de Defensa (2004-2006) en el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero; su último cargo público fue el de presidente del Congreso de los Diputados (2008-2011).

El exministro español José Bono analiza la situación actual en Cataluña y España
José María Sanz Acera
2017-12-18

En conversación digital, José Bono nos comenta: “Me encuentro retirado de la actividad política y hace tiempo tomé la decisión de no escribir artículos en medios de comunicación; no obstante, haré una excepción con NUMBERS”. Y lo que sigue es el resultado de nuestro diálogo con este hombre de Estado algo atípico, profundo y cercano al mismo tiempo. ¡Atención! Cada respuesta es un fragmento vivo de la historia reciente de España y de los últimos acontecimientos políticos, como el golpe de Estado fallido en Cataluña.

En su autoantología de 1979 Castilla, lo castellano y los castellanos, el escritor español Miguel Delibes decía: “El castellano, de ordinario, no se siente especialmente castellano sino vaga, inconscientemente español”, y este relativo “desapego nacional” es también aplicable a muchas otras regiones de España, lo que contrasta con sentimientos de identidad nacionalista ―y consecuentemente de poco apego a España como nación― muy difundidos en regiones como el País Vasco y Cataluña. Casi cuarenta años después de aquellas palabras de Delibes, ¿qué ha faltado por hacer para fortalecer entre los españoles su identidad nacional? ¿Puede ser la figura del rey ―especialmente dados los actuales acontecimientos en Cataluña― un elemento clave para una “revitalización” del sentimiento nacional entre los españoles?
El enunciado de su pregunta invita más a un tratado (territorio, monarquía, nación, Constitución) que a una respuesta concreta. España ha protagonizado una transición de la dictadura a la democracia que ha sido reconocida como envidiable en el panorama nacional e internacional. Se debió a múltiples concesiones entre todos los españoles. Se erigió un edificio de convivencia desde el respeto, el perdón, la concordia y el reconocimiento de las diferencias de todo orden.

Una fórmula que sirvió para conciliar las históricas tentaciones rupturistas de una parte de los llamados “territorios históricos” ―de Cataluña y el País Vasco, con lenguas y culturas personalizadas― fue el llamado “café para todos” o Estado autonómico. Así, hubo autogobierno para territorios que nunca lo habían reclamado y se calmó durante un largo período de tiempo a las “nacionalidades históricas”. Fue una salida, pero no fue la solución definitiva.

El rey Felipe VI calificó de “inadmisible” la intentona de golpe a la legalidad promovida por el Gobierno de Cataluña, y así quedó muy claro lo que era evidente pero que algunos no querían ver.

La Constitución española (art. 56,1) resalta dos aspectos esenciales de la figura del rey de España. Este, por un lado, es “el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia”; y, como consecuencia de ello, “arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones”. ¿Han cumplido de modo correcto tanto el rey emérito Juan Carlos I como el rey actual Felipe VI estas dos funciones lo largo de estos cuarenta años de democracia?
Sí. Sin nación española la monarquía estaría de más; de ahí que ese artículo de la Constitución establezca que “el rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia”.

La responsabilidad ha querido que el rey haya esperado hasta el momento debido para dirigirse al país ante la gravedad que estaban adquiriendo los acontecimientos en Cataluña. Si las autoridades catalanas han dado groseramente un puntapié al Estado de Derecho, era de esperar que el Jefe del Estado tomase la palabra para desenmascarar una intentona golpista revestida de un cargamento de falsedades y victimismo. En términos coloquiales podría decirse que ciertamente el rey “se ha ganado el cargo y el sueldo”. Conozco al rey, y antes que monarca es persona…, buena persona.

Profundizando en lo anterior. El rey está muy presente en la actividad nacional e internacional de España, pero (fuera de actos oficiales de menos importancia) habla muy, muy, muy poco: declaraciones institucionales del más alto nivel, ha habido dos, y ambas en un contexto de amenaza de golpe de Estado: la declaración de S.M. Juan Carlos I con motivo del intento de golpe de Estado militar del 23 de febrero de 1981 y la del rey Felipe VI el 3 de octubre pasado con motivo del reciente intento de golpe de Estado a base de saltarse las leyes que se produjo en Cataluña ―esta última declaración fue calificada por un medio tan serio como la BBC de “discurso excepcional”―. ¿Cree que estas dos declaraciones favorecieron a la figura constitucional de la monarquía y fortalecieron su papel de “símbolo de la unidad del Estado”? ¿Cómo vivió usted ambos momentos?
La actividad y la agenda del rey lógicamente no se circunscriben a esta intervención excepcional. La imagen del rey es en buena medida la imagen de España en el mundo. En su día a día la Corona tiene una presencia cotidiana en el quehacer de la nación, y es difícil no encontrar al rey en los grandes actos de la agenda cultural, económica, social, jurídica o académica del país. La función del rey como árbitro y cierre de la bóveda del poder le obliga a ser discreto en sus pronunciamientos, y por ello la cadencia de su voz fortalece su mandato y su servicio a España en la medida en que es interpretada como no injerencia en la vida política.

En mi caso, más por edad y por servicio al país en el Ministerio de Defensa y en el Congreso de los Diputados, el monarca me tiene de su parte. Soy mucho más defensor del rey Felipe que del principio dinástico.

Otro matiz importante. El Índice de Autoridad Regional, elaborado por académicos de la Universidad de Oxford, establece que España es el segundo país del mundo con más descentralización territorial (solamente le aventaja la República Federal de Alemania); pero en el mismo mes, en una entrevista telefónica con la agencia EFE, el hispanista estadounidense Stanley G. Payne atribuía la situación que se vive en la actualidad en Cataluña y en España a “un exceso de descentralización”. ¿Es posible que sea ese mismo “exceso de descentralización” lo que haga más necesaria en España la figura de alta dirección del Estado que encarna el rey?; y, en particular, ¿está usted de acuerdo con esta reflexión de S.G. Payne?
Los datos que traslada son ciertos. Incluso las encuestas que se realizan y publican en España por el Centro de Investigaciones Sociológicas apuntan en la misma dirección. De hecho, más de un 40% de los encuestados sostienen que un cambio en el modelo territorial debería ser para que el Gobierno central recupere competencias que se han transferido a las comunidades autónomas. El “café para todos” ha llevado en algunos casos a potenciar lo local y a desmerecer lo colectivo. El nacionalismo periférico ha producido una usurpación interesada del lenguaje, transformado lo “nacional” en “estatal”. Es decir, lo sentimental se ha deslizado al terreno de lo impersonal y administrativo. Esta trampa del lenguaje la ha protagonizado el separatismo catalán, pero la han hecho propia muchas personas que consideran erróneamente que lo moderno es el nacionalismo, cuando colocar la identidad territorial por encima de la solidaridad es lo más rancio y condenable que puede defender un progresista.

Desde esa perspectiva, lo “nacional” y lo patriótico se lo atribuyen como específico de Cataluña, y dejan para España lo “estatal”. Sin duda, ha sido una torpeza política consentir ese atropello intelectual; la responsabilidad es de todos los actores políticos. Pero empieza a cambiar la situación, porque desde el golpe de Carles Puigdemont [presidente de la Generalidad de Cataluña, actualmente destituido por el Gobierno central] el separatismo catalán se ha fracturado y los constitucionalistas nos hemos comenzado a unir en defensa de España y de la Constitución.

El tema de posibles reformas de la Constitución es recurrente en la reflexión política española, y quizá la reforma que más consenso social concita es la que se refiere a este punto del art. 57,1 de la Carta Magna: “La sucesión en el trono seguirá el orden regular de primogenitura […], siendo preferido […], en el mismo grado, el varón a la mujer”. Según su opinión, después de Felipe VI, ¿el próximo monarca en España… será una reina? Y, por otro lado, ¿qué otras reformas de la Constitución serían para usted las más urgentes?
Esta Constitución, como cualquier otra, es un texto revisable, pero dado el alto nivel de satisfacción que ha producido durante tanto tiempo a tantos españoles no conviene tratarla sin respeto: las presiones, y mucho menos los golpes ilegales de los secesionistas, no pueden ser el motivo por el que se mueva el conjunto. Con la Constitución en la mano se puede llegar a la luna y modificarla cuanto se crea oportuno, pero contra la legalidad no cabe más que el reproche social y/o penal.

Ciertamente hay campos ―y usted cita uno― en el que las reformas son necesarias: no se puede mantener la preferencia del varón sobre la mujer en el orden sucesorio de la Corona.

La aportación de Cataluña en España es insustituible y lo seguirá siendo, y para ello tendremos que alcanzar grandes acuerdos que surgirán de la tranquilidad y la razón. Ahora están a flor de piel otros factores menos edificantes.

Terminemos refiriéndonos a la actualidad más candente. ¿Cuál es su pronóstico personal sobre la situación que se ha creado en Cataluña? ¿Es suficientemente estable en España el Estado como para reconducirla exitosamente? ¿Qué modelo propondría usted para lograr en España una “unidad en la diversidad” armoniosa y con vocación de futuro?
Me gusta su expresión de “unidad armoniosa”. El futuro se escribe sumando y multiplicando. Pese a ello, el horizonte no está plenamente despejado, y hay incertidumbres que se han agrandado con la crisis económica, con el apagamiento doctrinal de los grandes partidos, con la aparición del virus del populismo y la demagogia, con la irrupción de redes sociales cargadas de veneno por enemigos del orden y la ley… Pese a ello, soy optimista. La crisis catalana ha avivado lo peor de un país: la insolidaridad, la secesión, el odio entre grupos, el recelo entre familias, la desconfianza social y económica… Pero también ha sacado a la luz a una mayoría callada que durante años estaba encogida. Las urnas [de las elecciones autonómicas] del 21 de diciembre permitirán mirar al horizonte con una visión más nítida.

¿Desea, por último, don José Bono compartir con NUMBERS cuál ha sido el hilo conductor de su dilatada vida política? Como estadista, ¿cuáles han sido sus momentos de mayor satisfacción en el servicio a España?
Vivo la vida con intensidad, pero al tiempo tomo notas de cuanto observo. La respuesta mejor se puede destilar en la lectura de mis reflexiones tras el paso por un Gobierno autonómico, el Ministerio de Defensa y la presidencia del Congreso de los Diputados, en mis tres libros de Diarios.

El hilo conductor de un político es el de la misma vida que siempre tiene un final cierto; por eso, en nuestras lápidas funerarias, como en la del cardenal Portocarrero, con el paso del tiempo apenas quedará legible la inscripción de “aquí yace polvo, ceniza y nada”. Para llegar a ese primer día de la eternidad con la máxima felicidad quizá sea conveniente haber tratado de acomodar tu existir a valores como el respeto al otro, la humildad, la igualdad, la fraternidad y la libertad. Defender la igualdad de oportunidades y trabajar por hacerla extensiva a los más débiles, recen a quien recen o no recen a nadie, sean del color que sean, puede ser una buena guía.

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AUTOR DEL ARTÍCULO:
José María Sanz Acera
,
editor general de NUMBERS

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